Aprender en la adultez: desafíos, potencialidades y neuromitos

Aprender en la adultez tiene particularidades. Traemos experiencias, saberes y motivaciones que guían nuestras decisiones.

¿Aprender solo de niños? Una mirada que necesita cambiar

A menudo se piensa que la infancia y la juventud son las únicas etapas donde realmente aprendemos. Sin embargo, quienes trabajamos en educación sabemos que esta idea no solo es limitada, sino también errónea. Las personas adultas no dejamos de aprender; lo hacemos con otras herramientas, desde otros lugares, y con otras prioridades.

Lejos de ser una etapa de estancamiento, la adultez puede ser un momento poderoso para el desarrollo de nuevas habilidades, la integración de conocimientos previos y la toma de decisiones conscientes sobre qué, cómo y para qué aprendemos.

Características del aprendizaje en la edad adulta

Aprender en la adultez tiene particularidades. No llegamos “en blanco”; traemos experiencias, saberes y motivaciones que guían nuestras decisiones y moldean nuestras formas de incorporar nuevos conocimientos. Este equipaje influye profundamente en cómo procesamos la información y en lo que priorizamos.

Tendemos a ser más selectivos: buscamos aprendizajes que se conecten con nuestras metas personales o profesionales. Valoramos especialmente aquello que resulta aplicable, lo que tiene sentido en nuestro entorno laboral o cotidiano. Eso no nos hace menos capaces, sino más estratégicos. Y aunque procesamos un poco más lento, lo hacemos con mayor profundidad y capacidad de integración.

Potencialidades cognitivas que siguen activas

Contrario a ciertos prejuicios, el cerebro adulto sigue aprendiendo. La neuroplasticidad no se detiene en la adolescencia: podemos seguir formando nuevas conexiones neuronales incluso después de los 50 o 60 años, sobre todo cuando nos enfrentamos a desafíos que nos estimulan.

Además, aunque disminuye nuestra capacidad para manejar múltiples tareas simultáneamente, conservamos una potente memoria a largo plazo. Esta nos permite anclar lo nuevo a lo vivido, comprender patrones complejos y razonar con mayor profundidad gracias a la mielinización que mantiene activa la corteza prefrontal.

En síntesis: quizá no seamos tan rápidos como antes, pero somos más estratégicos, reflexivos y persistentes.

Desafiando mitos sobre cómo aprendemos

El aprendizaje adulto también está lleno de creencias erróneas que es necesario revisar:

  • “Cada persona tiene un estilo de aprendizaje definido”: La evidencia muestra que no existen estilos fijos. Lo que sí potencia el aprendizaje es la diversidad de estímulos y experiencias multimodales.
  • “Solo usamos el 10 % del cerebro”: Otro mito desmentido. Utilizamos todo nuestro cerebro, y cada área se activa según la tarea que realizamos.
  • “El hemisferio izquierdo es lógico y el derecho creativo”: Ambos hemisferios trabajan de forma integrada. Pensar que uno domina sobre el otro simplifica en exceso un proceso mucho más complejo.
  • “Las emociones no influyen en el aprendizaje”: Todo lo contrario. Las emociones son clave para consolidar aprendizajes. Sin conexión emocional, no hay retención significativa.

Estas ideas persisten y muchas veces condicionan cómo se diseñan las propuestas formativas. Como tecnóloga educativa, me parece fundamental derribarlas para construir entornos más inclusivos, efectivos y basados en evidencia.

Una invitación a rediseñar la formación para adultos

El aprendizaje en la adultez tiene un enorme potencial cuando se lo reconoce como tal. Las personas adultas no solo podemos aprender: necesitamos hacerlo, tanto para adaptarnos a un mundo laboral cambiante como para nuestro bienestar personal.

Revisar nuestras creencias, conocer cómo funciona realmente el aprendizaje y diseñar propuestas formativas que respondan a estos principios es clave. Se trata de respetar los tiempos, valorar la experiencia, fomentar la motivación y, sobre todo, confiar en la capacidad de seguir creciendo.

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